¡Hoy ha sido un día fatal! Ha comenzado mal desde el momento en que no tuve agua para lavarme la cara al despertarme. Sin perder tiempo, me cambié el pijama, me puse las zapatillas y salí a ver qué ocurría. Para cuando llegué a la obra (aclaro que desde la cabaña de Armando y Alicia hasta la casita de Juan hay aproximadamente 200 metros), Juan, que tampoco tenía agua, ya había puesto a cargar los tanques, así que regresé a la cabaña, tomé dos mates y volví a la obra.
Hoy me caí dos veces (una en el muelle y otra en la galería que no tenía todavía clavado su deck y casi caigo al agua), me lastimé la mano una vez, me martillé un dedo una vez, me golpeé la frente con la esquina de la mesada una vez. Por suerte no contabilizo más golpes.
La mala suerte continuó duró toda la mañana y parte de la tarde, y agrego como dato importante que llevo desde el lunes una mala racha de torpeza. Ya en la casita, el prototipo o casita de Juan me pareció que la puerta, que habíamos estado colocando con él el día anterior, estaba muy torcida. Así que decidí (lo digo en primera persona porque juan no compartió mi idea) sacar uno de los travesaños y volverla calzar bien. Ya teníamos todo listo cuando se me ocurrió abrir la puerta (que estaba cerrada con llave) para corroborar que estuviese en su lugar (si la puerta bailase en los ejes de las bisagras entonces la habríamos puesto mal nuevamente). Torpemente dejé las llaves del lado de afuera, donde la galería no tiene su piso aún más allá de dos o tres tablones que nos permiten caminar, y le dije a Juan que ajustase los travesaños con un martillo. Con el primer golpe se escuchó el leve campanilleo de las llaves cayendo… ¡al agua! Recordemos que la casa está arriba del agua. La marea estaba alta así que había que meterse sí o sí al río para recuperarlas. Refunfuñando volví a la cabaña y con una remera y un toallón fui hasta el muelle nuevo dispuesta (bah… dispuesta es un decir ya que tenía un humor de perros) a tirarme al agua. Pero bajando los escalones con barro me tropecé y me lastimé la mano. De peor humor aún me lancé al río y nadé hasta el lugar de la casita (de aquí tendría algo menos de 150 metros de nado). Busqué la llave en la costa lodosa de la bahía pero no la encontré. Fue Juan quien más tarde la encontró.
La historia de la caída de la galería es repetida. Ya me había pasado antes, pero hoy quedé con una pierna adentro de la casa y la otra colgando (¡por suerte!). Las maderas que hacían de soportes para caminar y que estaban simplemente apoyadas se deslizaron hacia en agua. Luego las recuperé. Juan venía diciendo que uno de los apoyos no estaba clavado aún y a cualquiera le podría haber pasado lo que a mí. Pero me pasó a mí. Racha de mala suerte es lo que tengo esta semana.
Lo del dedo, que aún tengo bastante dolorido y oscuro bajo la uña, fue debido a un intento de ayuda para clavar el machimbre de las paredes donde se encuentran con el techo. No sé por qué después de eso Juan hizo un comentario de que yo así, golpeándome todo el tiempo, estorbaba al carpintero en vez de ayudarlo (creo que lo saqué de sus casillas, jajaja) ¡El dedo todavía duele!
Lo de la mesada puede clasificarse de accidente doméstico y es algo que puede pasar en cualquier momento y lugar pero me pasó a mí esta semana. Espero que todo cambie luego de mañana o pasado. Si mi suerte sigue así voy a terminar la obra con una pierna rota. Ja ja ja.